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A.P.A.P

El rescate de lo pequeño

“Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que le destruya hay millones de caricias que alimentan la vida” Facundo Cabral

Existen muchas personas que con sus pequeños actos - casi imperceptibles a los ojos del mundo en busca de la gran noticia – transforman el espacio que habitan en un lugar agradable. A veces basta una palabra para devolverle al otro la credibilidad perdida; otras una sonrisa sincera o el silencio respetuoso. En cualquier caso se trata de actos pequeños, imperceptibles a los ojos de la mayoría.

Días atrás invitaba a un grupo de adultos mayores a cantar, cuando uno de ellos –con algunas afecciones en la voz- me dijo que no formaría parte del grupo, argumentando que no podía cantar y tampoco recordaba las letras ni la música de las canciones. Le pregunté si sería capaz de escuchar y aplaudir para alentar al grupo y contestó muy animado que ¡eso sí podía! Nos acompañó con entusiasmo durante todo el ensayo alentando a sus compañeros con el aplauso, sintiendo que su presencia cobraba un sentido por ese gesto simple que para muchos podía pasar inadvertido.

Lejos de los actos rimbombantes, las acciones ruidosas, la lucha encarnizada por los primeros puestos, las ambiciones desmedidas, los actos de traición, la especulación desvergonzada, los discursos cargados de soberbia, la mentira disfrazada… lejos de todo lo que nos tienta al desencuentro, cobra preponderancia lo pequeño, lo insignificante, lo irrelevante ante los ojos del mundo.

Será por eso que religiones milenarias subsisten a tantos ataques. Si un lector desprevenido lee algún libro sagrado, roza la tentación de preguntarse: “¿y esto es todo?” El mensaje pone relevancia precisamente aquello que no prestamos atención por considerarlo demasiado llano o simple para nuestras aspiraciones intelectuales. Y esa soberbia es la que nos distrae de la profundidad del mensaje.

Si la humanidad ya ha explorado y sufrido tantos desencuentros, es tiempo de escuchar el latido de nuestro corazón. El compromiso de esta escucha trae aparejada la conquista de tantas libertades postergadas: la libertad para descubrir quiénes somos, hacia donde vamos, con qué propósito, a quienes elegimos como compañeros de ruta… La libertad de sentir que más de una vez se va a contramano y ello no nos hace mejores ni peores que nadie y que nuestras conquistas son consecuencia de batallas interiores, que quizás nadie ha percibido.

Centrarnos en lo pequeño es emitir menos juicios y sentencias acerca de la conducta ajena y ocuparnos más de nuestros actos. Desempolvar la virtud de la paciencia hacia quienes tienen un ritmo diferente al nuestro. Valorar el disenso y la diversidad como formas que enriquecen los vínculos. Alentar con un gesto al que se siente debilitado. Escuchar al que nadie presta atención. Incluir a quienes por distintas razones quedan afuera. Disfrutar de la sencillez de una relación que puede prescindir de las palabras. Reconocer que el otro no solo es “otro” sino que ¡tiene derecho a serlo!

La Vida solo nos pide que seamos consecuentes. Con seguridad los gestos de amor que se multiplican a diario en todos los ambientes no son noticias en los medios, sin embargo constituyen la única fuente capaz de transformar el mundo.

Marta Miskoff

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