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A.P.A.P

¿Quién dijo que todo está perdido?

  Creo firmemente que si el mundo se sostiene por la voluntad de tantas personas que apuestan a la vida, realizando silenciosamente pequeñas cosas de un valor extraordinario, generando la suficiente energía como para que la humanidad tenga cada día una nueva oportunidad de redimirse. Aquella tarde tuve la impresión de estar viviendo un momento mágico, especial, único, que se replicaba en cada rincón del planeta bajo la forma de tantos corazones que latían en sincronicidad. Algo así como estar suspendida sin tiempo y sin espacio, percibiendo con quienes compartían ese momento, una misma energía, una única llama envolvente que - por alguna razón - había provocado aquél encuentro.

Habíamos sido presentados apenas unos minutos antes y sin embargo nos sentíamos hermanados en la misma búsqueda.

Mabel me maravillaba con su dulzura, con un amor desbordante hacia quienes llamaba "mis hijos del corazón": tres personas con discapacidad que conviven con ella desde hace mucho tiempo y con quienes, al igual que otras familias, comparte luchas, proyectos y esperanzas. Un ser de luz que destila vida en cada uno de sus gestos.

Carlos, maestro de profesión, comentaba el acompañamiento a una niña con dificultades de aprendizaje y resaltaba sus esfuerzos por salir adelante. Nos confesó su deseo de llevar a pasear a sus alumnos, habitantes de un barrio marginal de una gran ciudad, a un lugar turístico para que también ellos puedan disfrutar de otras opciones.

Mirta dejaba traslucir con su entusiasmo el compromiso de su tarea docente con adolescentes de secundaria. Creativa e inquieta, siempre buscaba el disparador que motive a sus alumnos a estudiar y ser mejores personas.

El fallecimiento de su hijo, que padecía una discapacidad severa, la había sumido en un profundo dolor del que, a pesar del tiempo transcurrido, aún no podía desprenderse. A veces hablaba de esto con sus alumnos, lo que despertó en ellos un interés especial en el tema y los llevó a buscar formas concretas de cooperación: el reciclado y reparación de muebles para donar a entidades que trabajen con personas con discapacidad. Aún así, aquella pregunta ¿POR QUÉ A MÍ? solía asaltarla a veces sumiéndola otra vez en un profundo dolor.

Hugo alentaba a Mirta a cambiar este interrogante por otro: ¿PARA QUÉ A MÍ? Comentaba que después de soportar un dolor lacerante por el nacimiento de su hijo con una discapacidad severa comprendió que podía elegir convertirse en un instrumento para mejorar la calidad de vida de su hijo y de las personas que padecían una afección similar. El encontrarle un sentido a aquél sufrimiento inicial le dio fuerzas para acompañar a otros y no solo le proporcionó alivio sino también felicidad. Le recordó que los hijos no son nuestros, que solo podemos gozar de ellos un tiempo que no nos está dado a nosotros determinar y que, cuando Dios lo dispone, está bien que regresen con El. "Quienes quedamos, tenemos el deber de seguir trabajando... Porque la vida es hermosa", concluyó.

  Mi corazón se expandió tanto que sentí sus latidos en cada poro de mi piel. Tuve clara conciencia, como tantas otras veces, de mi pequeñez, mi ignorancia y de lo mucho que tengo por aprender...

"¿Quién dijo que todo está perdido?". Me sumergí de lleno en el placer del silencio sintiendo que no había una sola palabra que agregar.

Marta Miskoff

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