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A.P.A.P

Jorgito

Jorgito miraba y sonreía. Siempre. Con sus ojos enormes, llenos de luz, parecía prenderse del corazón del otro y llevarlo a un lugar de privilegio, muy cerca de Dios...

Quien lo veía con la mirada estrecha y limitada que suele utilizar quien tiene sus capacidades físicas intactas, solo podría ver un cuerpo muy pequeño, de escaso desarrollo y con malformaciones, con una cabeza que correspondía a un niño de unos 10 años. Acostado sobre una camilla, sin hablar, apenas emitiendo algún sonido, clavando su mirada en el rostro de quien estaba a su lado, siempre sonriendo... aunque desde esta visión, seguramente se diría que era una mueca sin sentido, consecuencia de su parálisis cerebral.

Muchas veces me pregunté que determinaba, ante un mismo hecho, que las personas reaccionaran de manera tan diferente y hasta opuestas.

El Cotolengo "Don Orione", de la ciudad de Córdoba, atendía a personas con discapacidad como Jorgito y otras cuyo déficit no era tan notorio. Era una institución abierta, que receptaba todo tipo de colaboración, más aún la que implicaba el compromiso de dedicarle algunas horas semanales a la tarea de acompañar a los internos. Sin embargo muchas personas sensibles y bien intencionadas llegaban hasta la puerta para dejar su colaboración voluntaria, sintiendo que no les era posible ingresar. Creo que no escapaba del dolor del otro, si no del propio dolor que les generaba enfrentarse a personas con una realidad diferente, sin sospechar que se privaban de la experiencia maravillosa de ampliar su horizonte y abrir confiadamente el corazón para sentirse mirado, reconocido, amado, por el simple hecho de existir.

No se trata de juzgar estas conductas sino de analizar cual es nuestra forma de mirar a las personas a partir de nuestros supuestos y pre-juicios. De la misma forma que ante un mismo hecho hay quienes son capaces de ver a Dios y quienes no ven nada, ante una persona con discapacidad, hay quienes reconocen su dignidad como tal y hay quienes ven en ella una cosa, un despojo, un instrumento o un medio para lograr sus fines.

Cuando confiamos en el otro, como ser humano, de igual a igual, estamos dándole impulso, promoviéndolo en su crecimiento, sosteniéndolo en sus limitaciones y en su dolor. Pero también estamos siendo igualmente sostenidos en nuestras propias limitaciones, contenidos en un vínculo de igual a igual, reconocidos como personas únicas y valiosas... Nos permitimos crecer.

Todo crecimiento implica una transformación profunda que conlleva la alegría del cambio pero también el dolor y el esfuerzo de un trabajo interior. Ninguna construcción personal puede llevarse adelante sin una profunda transformación. La "trans-formación" tiene que ver con ¡ir más allá de las formas!. No es solo un proceso emocional que nos sensibiliza ante un hecho especial. Mucho menos sensiblería. Es un cambio profundo, que afecta y compromete todo nuestro ser. Tampoco tiene nada que ver con el "lavado de cara" y maquillaje prolijo que algunos realizan para modificar su fachada ante la sociedad, ocultar sus verdaderos propósitos y seguir vendiendo más de lo mismo. En este caso, se trata apenas de un cambio de imagen, convenientemente diseñada que coloca al otro en la categoría de objeto o instrumento.

La transformación personal exige un cambio de mirada en todas las facetas de nuestra vida. Y solo se alcanza a través de un proceso lento, más o menos doloroso. Tanto más duele cuanto más compromiso nos requiere el ensanchar nuestra mirada y estrechar nuestras miserias.

  Reconocer la imperfección del otro en una discapacidad requiere haber aceptado primero la propia imperfección, estar dispuestos a enfrentarse con los límites que impone la condición humana a nuestros deseos de reparación, haber sobrevivido a los golpes que nos dimos contra el muro de nuestra propia omnipotencia...

Más allá de todas las disquisiciones que despierta el "diferente", Jorgito hacía como nadie todo lo que podía hacer: miraba y sonreía. Y en la simpleza de este acto le daba sentido a su existencia y le devolvía al mundo la confianza.

Si logramos entregarnos a la aventura apasionante de vivir y construirnos junto al otro, reconociendo su dignidad y aceptándolo sin condicionamientos, quizá podamos como Jorgito, también nosotros dar sin reserva todo lo que somos capaces de dar.

Mientras tanto mirar y sonreír, sería suficiente.

Marta Miskoff

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