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A.P.A.P

Héroes reconocidos y Héroes anónimos

Oscar Pistorius es un atleta sudafricano, corredor de 100, 200 y 400 metros planos, que redefine el concepto de “discapacidad” y nos invita a ver su capacidad diferente. Cuando era niño Oscar sufrió la amputación de sus dos piernas, lo cual no representó para él un impedimento para competir a nivel olímpico y mundial en la especialidad de velocidad plana en competencias para dobles amputados. No conforme con esto compitió con atletas convencionales lo que generó una polémica, colocando a la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo en una encrucijada: por primera vez en la historia del atletismo, un atleta “especial” representó una amenaza en velocidad para los convencionales.

Tanto tiempo de ignorancia, ocultamiento y ceguera parecen caer ante el peso del amor, la voluntad y el esfuerzo puestos al servicio de un único objetivo: no darse por vencido. Hace más de veinticinco años, salir con un grupo de chicos con discapacidad de paseo significaba ser el blanco de las miradas. En esto hemos crecido como sociedad: más allá de todo lo que falta, hay indicios que nos hablan de cambios favorables en este intento por seguir aprendiendo en la diversidad.

Surgieron videos, películas, documentales, artículos en revistas y libros que cuentan sobre tantas vidas que, signadas por la discapacidad, supieron encontrar un potencial valioso y llevarlo a su máxima expresión. Así, músicos, bailarines, pintores, cantantes, artistas de todo tipo y profesionales de las más diversas ramas se destacan en lo que hacen, dándonos a los “convencionales” una lección de perseverancia, alegría y humildad.

Sin embargo, es bueno no perder de vista también a los que no están comprendidos en esta franja de talento excepcional, que al igual que nos sucede a la gran mayoría, no desarrollaron una capacidad artística o deportiva extraordinaria y por lo tanto no reciben aplausos ni reconocimientos especiales. En estas ocasiones, nos toca descubrir cual es ese don especial del que todo ser humano es portador, esa chispa divina que nos hace merecedores de estar vivos y ser únicos e irrepetibles.

Si concluyéramos que la persona con discapacidad merece mayor respeto en tanto más aptitudes extraordinarias manifiesta y más se parezca a lo que pueden desarrollar las personas convencionales, lejos de reconocerla en su esencia, la estaríamos denigrando.

Cuando celebramos emocionados los merecidos logros de algunos tengamos presente que al mismo tiempo hay muchos otros también dignos de nuestra consideración y estima. Aceptar en estos casos una mirada o una sonrisa como muestra heroica de estar vivos nos recordará entonces que nuestra dignidad de personas no está en lo que hacemos sino en quiénes somos.

Marta Miskoff

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